Una foto, una sonrisa y un mensaje que da vergüenza ajena. Iván Duque, expresidente de Colombia, volvió a hacer lo que mejor sabe: rendir pleitesía. Esta vez no desde la Casa de Nariño, sino desde la gradería de la final del Mundial de Clubes, donde se encontró con su mentor y figura reverencial: Donald Trump.

“Un gran amigo de Colombia”, escribió Duque en redes sociales junto a una imagen con el exmandatario estadounidense. ¿Un amigo de Colombia? ¿O un amigo de los intereses que siempre han dictado la agenda de nuestro país desde el norte?

Durante su mandato, Iván Duque no solo gobernó con las prioridades de Washington como faro, sino que convirtió su presidencia en una rutina de obediencia y marketing vacío. No dejó legado real, pero sí muchas fotos sonrientes con los poderosos. Y ahora, desde su retiro político, parece empeñado en mantener su papel de bufón del poder, buscando relevancia internacional no por sus ideas o propuestas, sino por codearse con figuras polémicas como Trump.

Que se presente como “estadista global” en foros conservadores no disfraza lo evidente: fue uno de los presidentes más insípidos, desconectados y subordinados que ha tenido Colombia en décadas. Mientras el país ardía en protestas sociales, él daba entrevistas en inglés en Washington. Mientras los líderes sociales eran asesinados, él hablaba de economía naranja.

Esta última postal con Trump es solo otra escena del mismo teatro: Duque no representa liderazgo ni firmeza, sino servilismo. No es un referente político, es una anécdota de lo que ocurre cuando se pone a un comentarista de televisión a dirigir un país.

Y en esa imagen sonriente, entre lujos y aplausos, queda retratado no el expresidente, sino el personaje en el que se convirtió: el máximo bufón del poder en Colombia.