La presidenta de Venezuela, Delcy Rodríguez, comenzó una reconfiguración estratégica de su gabinete en áreas consideradas neurálgicas para la estabilidad del Gobierno: economía, seguridad y comunicaciones. Uno de los movimientos más simbólicos de esta etapa ha sido la salida de Álex Saab, empresario señalado por Estados Unidos de haber sido el testaferro del expresidente Nicolás Maduro.
La decisión se produce en un momento de alta presión política y diplomática, cuando el Ejecutivo busca recomponer equilibrios internos y enviar señales de control institucional hacia el exterior, especialmente en el marco de una relación compleja con Washington. En este contexto, Rodríguez ha optado por rodearse de figuras de absoluta confianza, desplazando perfiles que durante años representaron el ala más cuestionada del chavismo.
El relevo de una figura polémica
Álex Saab fue durante años una pieza clave del engranaje económico del poder chavista. Su nombre quedó asociado a investigaciones internacionales por presuntos delitos de lavado de activos, corrupción y manejo irregular de contratos estatales, en especial los relacionados con la importación de alimentos y programas sociales.
Aunque el Gobierno venezolano siempre lo presentó como un “enviado especial” y un funcionario leal, su presencia en el gabinete representaba un lastre político en momentos en que la administración de Rodríguez intenta proyectar una imagen de reordenamiento y gobernabilidad. Su salida no fue acompañada de mayores explicaciones oficiales, más allá de los habituales agradecimientos por los servicios prestados.
Más allá del caso Saab, los cambios apuntan a una consolidación del poder presidencial. Ministerios clave han sido reorganizados, algunos fusionados y otros entregados a cuadros considerados disciplinados y alineados con la nueva jefatura del Ejecutivo. El mensaje interno es claro: unidad, control y obediencia en una etapa donde cualquier fisura puede convertirse en crisis.
Analistas consultados coinciden en que Rodríguez busca desmarcarse parcialmente de la herencia más desgastada del madurismo, sin romper de forma abrupta con la estructura chavista. Se trata, señalan, de un delicado ejercicio de equilibrio entre continuidad y renovación.
El peso de la sombra de Maduro
La figura de Nicolás Maduro sigue gravitando sobre cada decisión del actual Gobierno. Aunque Rodríguez ha asumido el liderazgo formal del país, buena parte del aparato estatal fue construido bajo la lógica de lealtades personales al expresidente, lo que dificulta una ruptura total con su legado político.
En ese escenario, apartar a Saab no solo tiene un efecto administrativo, sino también simbólico: representa la salida de uno de los nombres más asociados al entramado económico y judicial que rodeó al poder durante los años más duros de sanciones y aislamiento internacional.
La recomposición del gabinete ocurre mientras Venezuela enfrenta desafíos económicos persistentes, tensiones sociales y una mirada atenta de la comunidad internacional. Con estos movimientos, Delcy Rodríguez intenta reafirmar su autoridad, reducir focos de controversia y ganar margen de maniobra política.
Queda por verse si estos cambios lograrán estabilizar al oficialismo y mejorar la percepción externa del Gobierno. Por ahora, la salida de Álex Saab marca un punto de inflexión en la narrativa del poder venezolano y abre una nueva etapa en la conducción política del país.